LECCIONES APRENDIDAS

Suena a perogrullada el escuchar que uno no deja nunca de aprender, pero si hay una cosa que te dan los años, es el autoconvencerte de obviedades, aunque solo sea por las vivencias propias. 

 

Todos sabemos la teoría, pero el ejercicio de la práctica y la repetición de las vivencias te da un conocimiento mucho más profundo de lo que la mera teoría puede darte. Lo cierto es que no hay teoría que sustituya la riqueza y la realidad de lo vivido. Y cuando esas vivencias enriquecen el conocimiento y permiten perfeccionar la próxima vivencia… a eso le llamo yo experiencia.

 

La palabra experiencia, per se, apela al hecho de la experimentación, es decir a la vivencia en carne propia. Toda situación inesperada, activa unas emociones, unos sentimientos y una reacción; es lo normal. Si esa situación, ya no es tan inesperada, al tener unas expectativas de la situación futura, nuestras emociones y sentimientos serán distintos. Ello es fruto del conocimiento previo, generado en la primera vez que nos enfrentamos a esa situación, conocimiento que, una vez aplicado, se convierte en experiencia.

 

Pues a medida que vamos cumpliendo años, si hemos ido madurando correctamente, hemos ido incrementando nuestro “activo” con experiencias que nos mejoran la capacidad de gestionar las vivencias presentes y futuras. Es la demostración patente de “la mejora continua e infinita”, pero en versión vida misma… A veces tomamos consciencia de esto siendo jóvenes y otras, como es mi caso, estábamos tan centrados en el presente, que no buscábamos interpretación a nuestra “innata sabiduría” para capear el temporal… Cierto es que hacíamos uso de la experiencia, pero de forma inconsciente. 

 

Pues toda esta explicación sobre cumplir años y experiencia, viene a colación para compartir con mis pocos lectores, uno de los miles de lecciones que, de forma consciente o inconsciente, mi madre me ha dado en la vida. Estoy seguro de que no será la única, porque el recuerdo de los momentos vividos con ella me asalta a menudo y casi siempre tienen una moraleja, o por lo menos yo así lo interpreto y es una forma de seguir “hablando con ella”.

 

Durante muchos años, más del 99% de las veces, era yo quien la llamaba. Ella siempre me decía que no quería molestarme en el trabajo. No menos cierto es que me costaba casi lo mismo que me cogiera que cuando llamo a mis hijos… Pero vamos al tema… Mi mamá falleció en la madrugada del domingo al lunes y la última llamada me la hizo ella el viernes… Me pesa que así sea; me pesa porque para ella mis llamadas eran muy importantes y así lo pude leer en sus diarios. Siendo consciente de cuánto significaban para ella, la hubiese llamado a diario.

 

Pero leer sus palabras en el diario, me reconfortó de una manera inenarrable; es como si diesen sentido a mi vida. Lo cierto es que he tomado consciencia de la importancia que tiene el hacer feliz a quienes amas. Que no hemos de escatimar detalles a la hora de honrar a nuestros seres queridos con esos pequeños gestos, para nosotros y grandes hitos para ellos. Hemos de ser conscientes que cuando tratas con un ser querido, solo puede haber una buena intención “entre las partes” y nunca es la de hacer daño; eso no quita que un comentario pueda dolernos, pero hemos de subsanar ese dolor de forma inmediata ya que, si no lo hacemos así, se convertirá en una cicatriz en nuestra alma y si llenamos el alma de cicatrices, pierde elasticidad y capacidad de ser o hacer feliz a nadie.

 

Por ello mamá, estés donde estés, gracias por esta y por todas las lecciones que me has dado y me seguirás dando. 

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