El protagonismo que no hemos querido ver


Ayer salí de la entrega de la segunda edición del Premio Mujer Alavesa, organizado por Onda Cero Vitoria, pensando en cuántas historias tenemos delante y cuántas veces pasamos junto a ellas sin detenernos a mirar.


Vi talento. Escuché historias llenas de amor, trabajo, esfuerzo y sacrificio. Historias de mujeres con propósitos que van más allá de ellas mismas, que abarcan a sus familias, a sus equipos y a proyectos que mejoran la vida de los demás, y pensé que seguimos teniendo una deuda de reconocimiento con muchas de ellas.


Cuando hablamos del papel de la mujer en nuestra sociedad, a veces parece que estuviéramos descubriendo ahora su capacidad para asumir responsabilidades. Pero llevan generaciones ejerciéndolas. Responsabilidades troncales, esenciales, de esas cuyo valor se hace evidente cuando nadie las asume.


Como madres, abuelas, tías, amigas, compañeras o esposas, muchas han sido el punto de apoyo sobre el que otros hemos podido construir nuestras vidas. También como profesionales, empresarias y trabajadoras, aunque su remuneración y su reconocimiento no siempre estuvieran a la altura de su aportación y, por supuesto, como personas con aspiraciones y proyectos propios, cuyo valor no depende del vínculo que tengan con nosotros.


Durante demasiado tiempo hemos dado por hecho su esfuerzo. Hemos contado con su criterio, su capacidad de organización y su fortaleza para resolver problemas, mientras les negábamos espacio para decidir o marcar su propio rumbo. Podían sostener una familia, contribuir a un negocio y hacerse cargo de lo imprescindible, pero la última palabra correspondía demasiadas veces al padre, al hermano o al marido: mucho protagonismo en la vida real y muy poco reconocimiento público.


Ayer, la ganadora fue Sara Sáez de Asteasu. Su historia, que comenzó hace unos cuarenta años en un bar y la ha llevado a liderar un proyecto empresarial de catering, está llena de trabajo y perseverancia. Pero lo que más me llegó fue la humildad con la que la compartió y ese espíritu que parece permanecer intacto desde sus comienzos. En aquella barra servía cafés, pero también construía algo más difícil de medir: un lugar de encuentro, confianza y cercanía. Un espacio desde el que dar ejemplo y convertirse en referencia para quienes la rodeaban. El premio permite ahora que muchos más conozcamos esa trayectoria.


Hay una forma de liderazgo que se reconoce en la huella que deja en las personas. En quien anima cuando faltan fuerzas, reúne cuando hay distancia y ayuda a encontrar un rumbo cuando todo parece confuso. No hace falta resolver todos los males del mundo para mejorar la vida de quienes tienes cerca. Muchas mujeres llevan generaciones haciendo precisamente eso y, demasiadas veces, lo hemos tratado como una obligación natural, como algo que simplemente les correspondía.


Reconocerlo tampoco puede convertirse en otra manera de exigirles que sigan haciéndose cargo de todo. Su fortaleza merece reconocimiento; las cargas, un reparto justo. También tienen derecho a elegir, a poner límites y a desarrollar una vida que responda a sus propias aspiraciones. Hemos avanzado mucho en el reconocimiento explícito de sus derechos. Sería injusto ignorarlo. Pero el reconocimiento legal necesita reflejarse en nuestros comportamientos, en nuestras decisiones y en la forma en que valoramos a las personas.


Nos falta mirar con más atención. Escuchar con la misma disposición. Reconocer la autoridad y el talento sin que el género condicione nuestro juicio también en las empresas, cuando identificamos a alguien capaz de liderar un equipo, asumir un proyecto o tomar una decisión, deberíamos preguntarnos qué sabe hacer, qué aporta y qué puede desarrollar. Conviene revisar con honestidad si exigimos las mismas pruebas de capacidad a todos o si seguimos interpretando de manera distinta la ambición, la firmeza o el liderazgo según quién los ejerza.


Deseo que llegue el día en que una mujer al frente de una empresa, una institución o cualquier proyecto deje de ser noticia por el hecho de ser mujer. Que podamos celebrar su trayectoria sin que resulte excepcional que haya llegado hasta allí. Que ocupar ese lugar sea una posibilidad normal, respaldada por oportunidades reales. Mientras ese día llega, encuentros como el de ayer tienen sentido. Nos ayudan a conocer historias que merecen ser escuchadas y a revisar por qué tantas otras siguen pasando inadvertidas.


Yo pensé en mi abuela, en mi madre, en mi mujer, en amigas y compañeras. En cuánto les debo. En cuántas decisiones, esfuerzos y renuncias habré dado por supuestos sin comprender del todo lo que significaban. Cada una tiene su carácter, sus capacidades y su manera de entender la vida. Las diferencias existen entre mujeres y hombres, y también entre unos hombres y otros, entre unas mujeres y otras. Podemos complementarnos de muchas formas, sin que eso nos asigne un papel de antemano ni condicione nuestros derechos.


Salí del acto con gratitud hacia todas las mujeres que he conocido en mi vida y con una pregunta dirigida, sobre todo, a mí mismo: ¿cuánto del valor que tengo cerca sigo dando por hecho? 


Quizá empezar a reconocerlo de verdad consista en prestar más atención cada día. Dar crédito a quien corresponde. Escuchar su voz cuando se decide. Compartir las responsabilidades. Y asumir que el lugar que cada mujer quiera ocupar le corresponde por derecho propio.

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